"Antes tenía casa, coche y trabajo. Hoy tengo que ir a un comedor social"
Julio Castaño, madrileño, tiene 30 años. Hace cinco se quedó en paro. "Hasta ese momento tenía mi casa, mi coche y mi trabajo. Pero me quedé en paro. Estaba en la hostelería y perdí mi empleo". Desde entonces la crisis hundió a Julio. "No me salió un solo trabajo estable, sólo cosas sueltas a través de la ETT y llegó un momento en el que no podía pagarme ni un piso. Así que empecé a vivir en la calle. Dormía debajo del viaducto de Segovia y cuando estaba ahí tumbado me decía: esto es imposible".
Julio acude casi a diario al comedor social Santa Micaela, de la Orden de Malta, en el madrileño barrio de Tetuán. "Si no fuera por la caridad y las ONG yo no sé qué haría", dice. María es la encargada de los miércoles. "Es increíble la gente que viene ahora. Hace años venían algunos a tomar café, pero ahora vienen todos por pura necesidad". María, que trabaja como voluntaria en este comedor que vive exclusivamente de donaciones, se queda pensativa: "Cómo decirlo sin que suene mal. Ahora vienen chicos, digamos, con buena pinta, con un aspecto que no te imaginas que necesiten acudir a un comedor social. Hay mucha gente a la que la crisis le ha dejado sin nada".
Un estudio publicado por Intermon Oxfam revela que un 33% de los españoles ha cambiado su dieta alimentaria en los dos últimos años por razones económicas. Sólo el 21% esgrimió ese cambio en su hábito por razones de salud. El análisis también refleja que el 5%, lo que supone más de dos millones de habitantes de nuestro país, no tiene suficiente dinero para comer a diario.
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Poema licencioso

El hombre está desnudo
en medio de un comedor de empresa.
Un enorme comedor de empresa,
un enorme
comedor de mujeres,
donde hay que hacer cola
y sostener una bandeja,
e ir cogiendo los platos de uno en uno.
Hay mujeres de edad avanzada
pero también hay jóvenes,
aunque la mayoría tienen unos treinta y tantos,
tirando a cuarenta.
Tienen todas mucha clase,
van sutilmente maquilladas,
y visten elegantemente.
Son señoras,
de pendiente de perlas
foulard de cien euros,
y peinado de peluquería.
El hombre desnudo es el salero,
su esperma es el condimento,
le van llamando desde las mesas
para masturbarle
sobre los platos.
Lo hacen con mucha clase,
cogiendo la polla entre el índice y el pulgar,
agitándola breve y educadamente
hasta que se corre encima del plato,
o del cuchillo de untar.
El problema es que cuando el hombre desnudo se corre,
su orgasmo es auténtico,
muy violento,
y gime a gritos,
se agarra a cualquier cosa,
manotea y sufre espasmos,
vuelca las mesas,
dejándolo todo hecho un asco.
Un enorme comedor de empresa,
un enorme
comedor de mujeres,
donde hay que hacer cola
y sostener una bandeja,
e ir cogiendo los platos de uno en uno.
Hay mujeres de edad avanzada
pero también hay jóvenes,
aunque la mayoría tienen unos treinta y tantos,
tirando a cuarenta.
Tienen todas mucha clase,
van sutilmente maquilladas,
y visten elegantemente.
Son señoras,
de pendiente de perlas
foulard de cien euros,
y peinado de peluquería.
El hombre desnudo es el salero,
su esperma es el condimento,
le van llamando desde las mesas
para masturbarle
sobre los platos.
Lo hacen con mucha clase,
cogiendo la polla entre el índice y el pulgar,
agitándola breve y educadamente
hasta que se corre encima del plato,
o del cuchillo de untar.
El problema es que cuando el hombre desnudo se corre,
su orgasmo es auténtico,
muy violento,
y gime a gritos,
se agarra a cualquier cosa,
manotea y sufre espasmos,
vuelca las mesas,
dejándolo todo hecho un asco.

















